El carruaje dio vuelta, y los caballos tomaron el trote largo a un simple chasquido del látigo de Alejandro. En diez minutos llegamos a la verja de hierro que da entrada al parque; doblamos sobre la gran calle de palmas que estaba solitaria: sólo en el fondo, del lado del bosque, se veía un punto negro: era la victoria de Fernanda: nuestro cupé se deslizó por el pedregullo de la avenida, salvó la vía del tren del Norte, y vino a detenerse al mismo lado de la victoria. El carruaje estaba vacío: preguntamos al cochero dónde estaban las señoras, y nos contestó con una seña, indicando el fondo de la calle. Nos bajamos y caminamos en esa dirección. Al fin de la calle, en un rincón del camino, las encontramos. Al vernos, se sorprendieron.

—¿Ustedes por aquí?—nos dijo Fernanda,—¡vaya una manera de hacer el duelo!

—Señora—contestó don Benito,—el duelo ha concluido y la vida comienza de nuevo.

—Pero usted—dijo Blanca, con ironía,—sobrino carnal, y en Palermo, el mismo día del entierro; ¡qué escándalo!

—Sobrino carnal, no; político, sí... no hay inconveniente.

—Y ese pobre tío, ese señor don Ramón, ¿cómo estará de triste y desolado?—inquirió Fernanda.

—¡Oh! aplastado; ¡figúreselo usted libre de un monstruo y con setenta millones de pesos!

—¡Setenta millones!—exclamó Blanca,—bonito dote, mamá ¿eh?

Fernanda hizo un signo de aprobación y su fisonomía se alumbró como si concibiese una vaga esperanza.

—Pero don Ramón ha sido feliz con su tía... un viejo pisaverde, alegre, muy sirvientero... ¿no es verdad?—preguntó riendo.