—Es que yo no voy solo—contestó mi tío.
—¡Cómo! ¿persigue alguna aventura entre telones?—preguntó don Benito con sorna.
—No... déjense de bromas, acompaño a la familia de Montifiori, a Blanca...
—¿Usted?—inquirió don Benito, apuntándole con el dedo.
—Sí, yo, ¿qué tiene de extraño?
—Don Ramón, usted enamorando a Blanca Montifiori, ¿tiene valor?
—¿Y por qué no?... si les dijera a ustedes que soy aceptado...
—Pero, tío—le dije,—esa es una unión imposible, absurda. Blanca es una mujer joven, usted casi le triplica la edad.
—Julio—me dijo,—toda reflexión es inútil: Blanca me ama.
—Ama a su dinero, amigo—dijo don Benito dando un golpe sobre la mesa.