—¡Don Benito!...—exclamó mi tío, con un gesto de impaciencia.
—¡Eh! Sí, señor... su dinero... ¡y es una vergüenza ese casamiento, una gran vergüenza! Usted va a ser el hazme reír del mundo. Usted, que ha salido de las garras de una mujer absurda, va a caer en las manos de...
—¡Don Benito!...—interrumpió mi tío Ramón.
—Tío—le dije,—piense usted lo que hace, a usted no le cuadra una mujer tan joven... espere... reflexione.
—Cualquiera te tornaría a ti por un celoso—me contestó recalcando la frase. La sangre me subió al rostro y no pude disimular mi turbación.
—¿Y cuándo serán las bodas?—preguntó don Benito, sonriéndose.
—¡Eh! vaya usted al diablo—contestó mi tío Ramón;—no estoy para ser objeto de sus bromas, y se levantó violentamente de la mesa.
Se daba Semiramis aquella noche, y Colón estaba de gala; los palcos, ocupados por las más lindas y conocidas mujeres de la gran sociedad, presentaban un aspecto deslumbrador. Se había cantado el primer acto; la Borghi y la Scalchi electrizaban al público y en la sala no se escuchaba sino el eco del entusiasmo y de los elogios.
Una noche clásica de ópera en Colón reúne todo lo más selecto que tiene Buenos Aires en hombres y mujeres. Basta echar una visual al semicírculo de la sala: presidente, ministros, capitalistas, abogados y leones, todos están allí; aquello es la feria de las vanidades, en la cual no faltan sus incongruencias de aldea: el vigilante de quepis encasquetado en medio de la sala, la empresa, en en menage, instalada en uno de los mejores palcos del teatro, el humo de los cigarros obscureciendo la sala entera.
No había concluido el primer acto, cuando en un palco de la izquierda aparecieron Fernanda y Blanca Montifiori con el doctor Montifiori y mi tío. Las dos mujeres estaban radiantes de belleza y de lujo. Parecían dos hermanas. Todas las miradas se concentraron en el palco, todos los anteojos se clavaron en Blanca y Fernanda. Don Benito, que estaba a mi lado, me tocó el brazo. El teatro entero hacía un solo comentario.