A nuestro lado, teníamos dos jóvenes impertinentes que conversaban, sin conocernos, con toda desfachatez.

—El viejo, aquél, el que ahora se le acerca;—le decía uno de ellos al otro...

—No puede ser...—contestaba éste.

—Te digo que sí; ese es el novio... que toupet de mujer.

—¿Pero estás seguro?

—Ciertísimo... si conozco mucho al viejo, cuando yo estaba de practicante en lo del doctor Trevexo, iba todos los días al estudio.

—¿Y a ella la conoces?

—¡Bah, bah, de la escuela... era la piel del diablo cuando chica... un potro!...

Don Benito, mudo, pero dejando vagar una leve sonrisa por los labios, seguía tocándome el brazo a cada palabra de los indiscretos.

—¿Pero será posible que se casen?...