—¡Encantadora, deliciosa, ideal, una maravilla!
—¿Y existe un señor Scott?
—Seguramente; un hombre alto y rubio que estaba en el baile. Allí me lo mostraron. Un hombre que saludaba al acaso, a derecha e izquierda, y no se divertía nada, os lo aseguro. Nos miraba a todos, y parecía decirse: «¿Qué significa tanta gente? ¿Qué viene a hacer en mi casa?» Nosotros íbamos a ver a la señora Scott y a la señorita Percival, su hermana. ¡Y os garantizo que valía la pena!
—¿Y vos conocéis a estos Scott?—preguntó la Condesa, dirigiéndose a M. Larnac.
—Sí, señora, los conozco. M. Scott es un americano colosalmente rico, que vino a instalarse en París el año pasado. Desde que se pronunció su nombre, comprendí que la victoria debía ser decisiva. Gallard estaba vencido de antemano. Los Scott comenzaron por comprar en París una casa de dos millones de francos, cerca del parque Monceau.
—Sí, calle de Murillo, donde dieron el baile; era...
—Deja hablar a M. de Larnac. Después nos contarás la historia de tu baile en casa de madama Scott.
—Apenas se instalaron mis americanos en París, comenzó una lluvia de oro. Verdaderos par-venus que se divertían en arrojar locamente el dinero por la ventana. Esta inmensa fortuna la poseen recientemente; cuentan que hace diez años, madama Scott mendigaba por las calles de New-York.
—¡Mendigaba!
—Así dicen, señora. Luego se casó con este Scott, hijo de un banquero de New-York. Y de repente, un pleito ganado, les puso entre las manos, no millones, sino decenas de millones. Poseen en alguna parte, en América creo, una mina de plata; pero una mina seria, verdadera, una mina de plata... en la cual hay plata. ¡Ah, ya veréis qué lujo estallará en Longueval!... Todos parecemos pobres en la ciudad. Según dicen, ellos pueden gastar cien mil francos por día.