—¡Y esos son nuestros vecinos!—exclamó madama de Lavardens.—¡Una aventurera! Y no es nada eso todavía... ¡una hereje, señor abate, una protestante!

¡Una hereje, una protestante! ¡pobre cura! en eso estaba pensando precisamente desde que oyó decir: «Una americana, madama Scott.» ¡La nueva castellana no iría a misa! ¡Qué le importaba que hubiera sido mendiga! ¡Qué le importaban sus millones de millones, ella no era católica! Ya no bautizaría él a los niños nacidos en Longueval, y la capilla del castillo, donde tantas veces había dicho misa, se vería transformada en oratorio protestante, y oiría la palabra glacial de algún pastor calvinista o luterano.

En medio de toda esta gente consternada, desolada, sólo Pablo parecía estar radiante.

—En todo caso, una preciosa hereje—dijo,—y hasta podría deciros, ¡dos divinas herejes! Son dignas de verse las dos hermanas a caballo, en el Bosque, con dos pequeños grooms, de este alto, por detrás.

—Vamos, Pablo, cuéntanos ahora, lo que sepas... ese baile de que hablabas... ¿Cómo fuiste a casa de las americanas?

—¡Por una gran casualidad! Mi tía Valentina se quedaba en su casa aquella noche. Yo llegué como a las diez... y os aseguro que los miércoles de mi tía Valentina no sobresalían por su loca alegría. Hacía veinte minutos que me aburría, cuando vi a Rogerio de Puymartin que se esquivaba con mucho disimulo. Lo alcanzo en el vestíbulo y le digo: «Espera, te acompañaré a tu casa.—¡Oh! no voy a casa.—¿Y dónde vas?—A un baile.—¿En casa de quién?—En casa de Scott, ¿quieres venir conmigo?—Pero si no estoy invitado.—¡Ni yo tampoco!—¿Cómo, tú tampoco?—Voy en busca de uno de mis amigos.—¿Y conoce a los Scott, tu amigo?—Apenas; pero lo bastante para presentarnos a los dos. Ven, pues, y verás a madama Scott.—¡Bah! ya la he visto a caballo en el Bosque.—A caballo no va escotada; tú no has visto sus hombros, y eso es lo que tiene que ver... No hay nada mejor en París, por el momento.»—Y así me decidí a ir al baile... y vi los cabellos rubios de madama Scott, y admiré los blancos hombros de madama Scott... y espero que los volveré a ver cuando den bailes en Longueval.

—¡Pablo!—dijo la Condesa, señalando al cura.

—¡Oh! dispensad, señor cura, os pido mil perdones... He dicho acaso algo... No, me parece que no...

El pobre sacerdote no lo había oído. Su pensamiento estaba fuera de allí. Ya por las calles de la aldea veía al pastor del castillo detenerse ante cada casa, y deslizar por debajo de las puertas sus pequeños panfletos evangélicos.

Continuando su historia, Pablo hizo una entusiasta descripción del palacio, que era una maravilla...