El regimiento entraba a la aldea, y bruscamente estalló la música marcial y alegre a través del espacio. Los tres permanecieron en silencio. Era el regimiento, era Juan quien pasaba. Los sonidos disminuyeron, hasta extinguirse, y Bettina continuó:

—No, no es seguro, aunque él me ama mucho, y sin conocerme bien. Yo pienso que merezco ser amada de otra manera, pienso que si me conociera mejor, no le causaría un terror semejante, por esto os pido permiso para hablarle esta noche, libre y francamente.

—Os lo acordamos—respondió Richard,—los dos os lo acordamos. Sabemos, Bettina, que nunca haréis nada que no sea noble y generoso.

—Procuraré hacerlo, al menos.

Los niños vuelven corriendo. Han visto a Juan, que iba cubierto de polvo, y los saludó.

—Pero—agrega Bella,—no ha sido bueno con nosotros hoy, no se paró a hablarnos... siempre lo hace, y hoy no ha querido.

—Sí, ha querido—responde Harry,—porque al principio hizo un movimiento así... y después no quiso, y se fue.

—En fin, no se detuvo. Y es tan divertido hablar con un militar, sobre todo, cuando está a caballo.

—No es eso sólo, sino que nosotros lo queremos tanto, al señor Juan. Si supieras, papá, ¡qué bueno es, y qué bien sabe jugar con nosotros!

—¡Y qué lindos dibujos hace! ¿Te acuerdas, Harry, de aquel gran polichinela tan raro, con su bastón?