—Y el gato, también había un gato, como en Guignol.
Los niños se alejaron hablando de su amigo Juan.
—Decididamente—dijo M. Scott,—todo el mundo lo quiere en esta casa.
—Y vos haréis otro tanto, cuando lo conozcáis—responde Bettina.
El regimiento sigue al trote por el camino real, al salir de la aldea. He ahí el terrado donde se hallaba Bettina la otra mañana... Juan piensa: ¡si estuviera ahí! Lo teme y lo espera al mismo tiempo. Levanta la cabeza, mira... ¡No está!
¡No la ha visto! Ni volverá a verla... en mucho tiempo, al menos. Esa misma noche partirá, a las seis, para París. Uno de los directores del ministerio de la Guerra se interesa por él, y procurará hacerse enviar a otro regimiento.
Juan ha reflexionado mucho sobre esto en Cercottes, y el resultado de sus reflexiones es el siguiente: él no puede, no debe ser el marido de Bettina.
Los hombres echan pie a tierra en el patio del cuartel, mientras Juan se despide de su coronel y sus camaradas. Todo ha concluido, es libre, puede partir... y, sin embargo, no lo hace. Mira a su alrededor... ¡cuán feliz era tres meses antes, cuando salía de aquel gran patio, a caballo, en medio del ruido de los cañones que rodaban en el suelo de Souvigny! ¡Y cuán tristemente saldrá hoy! Antes su vida se limitaba ahí... ahora ¿hasta dónde irá?
Entra y sube a su cuarto, para escribir a madama Scott, diciéndole que por asuntos de servicio se ve obligado a partir al instante, y no podrá comer en el castillo; ruega a madama Scott presente sus respetos a la señorita Bettina. ¡Bettina! ¡Ah, cuánta pena le da escribir este nombre! Cierra la carta para enviarla más tarde.
Hace sus preparativos de viaje, para ir a despedirse, después, de su padrino. Esto es lo que más le cuesta... aunque sólo le hablará de una breve ausencia.