Al abrir uno de los cajones del escritorio para sacar dinero, lo primero que hiere su vista es una carta escrita sobre papel azulado: el único billete que ha recibido de ella.
«¿Queréis tener la bondad de entregar al portador el libro de que me hablasteis anoche? Quizá sea algo serio para mí; pero desearía ensayar su lectura. Hasta luego; venid lo más temprano posible.—Bettina.»
Juan lee y relee estas pocas líneas... hasta que no puede leer más, pues se le nublan los ojos.
—Esto es todo lo que me quedará de ella—piensa.
En el mismo momento, el abate Constantín está en conferencia con Paulina. Hacen sus cuentas. La situación financiera es admirable, tienen más de dos mil francos en caja. Y se han cumplido los votos de Zuzie y Bettina: ya no hay pobres en toda la comarca. La vieja Paulina, por momentos, tiene ligeros escrúpulos de conciencia.
—Mirad, señor cura, quizá damos demasiado. Correrá la voz hasta las otras aldeas de que aquí se hace la caridad a ojos cerrados, y uno de estos días vendrán a establecerse infinidad de pobres a Longueval.
El cura da cincuenta francos a Paulina, que sale a llevárselos a un pobre hombre que se rompió un brazo al caer de arriba de una carreta de pasto.
El abate Constantín queda solo y pensativo en el presbiterio. Esperó al regimiento al pasar, pero Juan no se detuvo más que un instante; ¡llevaba un aire tan triste! Hace algún tiempo que el abate nota que Juan no tiene ya su alegría y buen humor de antes. Mas no se ha inquietado mucho, creyendo sería una de esas penas pasajeras de la juventud, que no interesan a un pobre cura viejo.
Pero hoy la preocupación de Juan es muy notable.
—Vuelvo en seguida, mi padrino—le dijo;—pues tengo necesidad de hablaros.