Y salió bruscamente, sin que el abate tuviera tiempo para darle un terrón de azúcar a Loulou, o más bien dicho, unos terrones de azúcar, pues llevaba cinco o seis en el bolsillo, considerando que bien merecía Loulou este regalo por los diez días de marcha y las veinte noches pasadas al raso. Además, desde la instalación de madama Scott en el castillo, Loulou tenía siempre varios terrones de azúcar. El abate Constantín se había hecho gastador, pródigo; sentíase millonario, y los terrones para el caballo de Juan, eran una de sus locuras. Un día casi le dirigió a Loulou su eterno discurso.

—Esto procede de las nuevas castellanas de Longueval. Rogad por ellas esta noche.

Eran cerca de las tres cuando Juan llegó al presbiterio.

—Me dijiste hoy, que tenías que hablarme... ¿de qué se trata?

—De algo, padrino, que va a sorprenderos, a entristeceros, y me entristece a mí también. Vengo a despedirme de vos.

—¡A despedirte! ¿Partes?

—Sí, parto.

—¿Cuándo?

—Hoy mismo... dentro de dos horas.

—¡Dentro de dos horas! pero esta tarde debíamos comer en el castillo.