—Acabo de escribir a madama Scott, excusándome. Me veo obligado indefectiblemente a partir.

—¿En seguida?

—En seguida.

—¿Y vas?

—A París.

—¡A París! ¿Y por qué esta repentina determinación?

—No tan repentina. Hace tiempo ya que pensaba partir.

—Y no me habéis dicho nada... Juan, algo te pasa... Eres un hombre, y no tengo ya derecho para tratarte como a un niño; pero, en fin, tú sabes cuánto te quiero... Si tienes alguna pena, alguna contrariedad, ¿por qué no me lo dices? Quizá podría darte algún buen consejo. Juan, ¿a qué vas a París?

—No quería decíroslo... porque os causará pena... mas tenéis derecho a saberlo... Voy a París a pedir que me manden a otro regimiento.

—¿A otro regimiento? ¿Salir de Souvigny?