—Sí, precisamente, salir de Souvigny... por algún tiempo, por poco tiempo; pero, en fin, salir de Souvigny, es lo que deseo, lo que necesito.
—¿Y yo? Juan, tú ya no piensas en mí... ¡Por poco tiempo! ¡Poco tiempo! es lo que me queda de vida, muy poco tiempo. Y durante estos últimos días que debo a la gracia de Dios, sentirte cerca de mí, era mi felicidad, sí, Juan, era mi mayor felicidad. ¿Y te vas así? Juan, espera un poco, ten paciencia, que no tardará mucho, espera a que el Señor me llame a sí, espera a que vaya a reunirme allí con tu padre y tu madre... No te vayas, Juan, no te vayas.
—Si vos me queréis, yo también os quiero... y bien lo sabéis vos...
—Sí, lo sé.
—Conservo por vos el mismo cariño que tenía cuando era niño, cuando me recogisteis y me educasteis. Mi corazón no ha cambiado, ni cambiará jamás... Pero si el deber, si el honor me obliga a partir...
—¡Ah! si es el deber, si es el honor... No digo nada más, Juan... ¡Todo queda después de eso, todo, todo! Siempre has sido buen juez de tu deber, buen juez de tu honor... Parte, hijo mío, parte. No te pregunto nada más, ni quiero saber nada más.
—¡Pues bien! yo voy a decíroslo todo—exclamó Juan, vencido por su emoción.—Vale más que lo sepáis todo, vos que quedáis aquí, y volveréis al castillo... ¡y la volveréis a ver... a ella!
—¿A quién?... ¿Quién es ella?
—¡Bettina!
—¡Bettina!