—¿De mí?

—Sí, y de tu padre y de tu madre. Tenía curiosidad de saber cómo vivías y me pedía le explicara lo que era la existencia de un soldado, de un verdadero soldado que cumple con su deber. Es extraordinaria la reunión de recuerdos que tiene lugar en mi mente desde que me has dicho eso. Mil pequeños incidentes se agrupan, se acercan... Anteayer, a las tres, volvió del Havre, una hora después estaba aquí, hablándome de ti. Me preguntó si habías escrito, si no habías estado enfermo, cuándo llegabas, a qué hora, si el regimiento pasaría por la aldea...

—Es inútil, padrino, que busquéis todos esos recuerdos.

—No, no es inútil... ¡Estaba tan contenta, considerábase tan feliz al pensar que iba a volverte a ver! La comida de esta tarde era una gran fiesta para ello... pensaba presentarte a su cuñado, que vino con ella. No habrá nadie hoy en el castillo, ni un solo invitado; mucho insistió sobre esto, y recuerdo su última frase, cuando estaba ahí en el umbral de la puerta: «No seremos más que cinco, vos, el señor Juan, mi hermana, mi cuñado y yo,» y agregó riendo: «¡Una verdadera comida de familia!» Diciendo esto salió corriendo. ¡Una verdadera comida de familia! ¿Sabes lo que yo creo, Juan, lo sabes?

—No debéis creer eso, mi padrino, no debéis...

—¡Juan, yo creo que ella te ama!

—¡Y yo también lo creo!

—¡Tú también!

—Cuando la dejé hace veinte días, estaba tan agitada, tan conmovida. Veíame triste y desgraciado, y no quería dejarme partir. Esto pasaba en el pórtico del castillo, de donde salí huyendo... sí... huyendo; pues iba a hablar, a estallar, a decírselo todo. Después de haber andado unos cincuenta pasos, me detuve, y me volví; ella no podía verme, yo estaba en completa obscuridad; pero yo la veía, que permanecía allí, inmóvil, con los hombros y los brazos desnudos bajo la lluvia, mirando hacia el lado por donde yo había partido. Quizá soy un loco al pensar que... Tal vez era sólo un sentimiento de compasión. Pero no, era algo más que compasión, ¿pues sabéis lo que hizo al día siguiente? Vino a las cinco de la mañana, con un tiempo horrible, a verme pasar con el regimiento, y allí su modo de decirme adiós... ¡Ah! ¡padrino, padrino!...

—Pero, entonces—dijo el pobre cura, completamente trastornado, enteramente desorientado;—pero entonces yo no comprendo nada. ¡Si tu la amas, Juan, y si ella te ama!...