—Por eso mismo quiero partir. ¡Si no fuera más que yo! Si estuviera seguro de que ella no había notado mi amor, seguro de que no se compadecía de mí, me quedaría... me quedaría... sólo por tener la dicha de verla, y la amaría de lejos, sin esperanza ninguna, sólo por el placer de amarla... Pero no, ella ha comprendido muy bien... y lejos de desalentarme... en fin, esto es lo que me obliga a partir...
—No, no lo comprendo. Bien sé, hijo mío, que hablamos de cosas en que no soy muy entendido... pero, en fin, los dos sois buenos, jóvenes, encantadores... Tú la amas... ella te ama... ¡y no podríais!...
—¡Y su dinero, padrino, y su dinero!
—¡Qué importa su dinero! ¡qué tiene que ver su dinero! ¿Acaso la has amado por su dinero?... Pues a pesar de su dinero, mejor. Tu conciencia, mi Juan, estará bien tranquila a este respecto, y eso basta.
—No, eso no basta. Tener buena opinión de sí mismo no es bastante; es preciso que de esta buena opinión participen los demás.
—¡Oh! Juan, entre los que te conocen, ¿quién dudaría de ti?
—Quién sabe... Y después hay otra cosa además de la cuestión dinero, otra cosa más seria y más grave. No soy el marido que le conviene.
—¿Y quién sería más digno que tú?
—No se trata de ver lo que yo pueda valer, sino de considerar lo que ella es, y lo que soy yo; de saber lo que debe ser su vida, y lo que será la mía... Un día Pablo, sabéis que él tiene un modo algo brusco de decir las cosas, pero muchas veces eso da al pensamiento mayor claridad, se trataba de ella... Pablo no se imaginaba nada... sin eso... es bueno y no habría hablado así. Pues bien, me decía: «Lo que necesita, es un marido que se consagre a ella completamente, un marido que no tenga más pensamiento que hacer de su existencia una perpetua fiesta, un marido, en fin, que pase su vida procurándole diversiones.» Vos me conocéis... Un marido semejante, no puedo, no debo serlo. Soy soldado y seguiré siéndolo. Si los azares de mi carrera me envían un día de guarnición a algún rincón de los Alpes o a alguna aldea perdida de Argel, ¿podré pedirle que me siga? ¿Puedo condenarla a esta existencia de mujer de soldado, que en suma es, más o menos, la existencia del soldado? ¡Pensad en la vida que lleva hoy, en todo ese lujo, todos esos placeres!...
—Sí—dijo el abate,—esto es más serio que la cuestión dinero.