—Tan serio, que no cabe duda posible. Durante los veinte días que pasé allá solo en el campamento, he pensado mucho en esto... no he pensado más que en esto... y amándola como la amo es preciso que haya pensado bien las razones, y que ellas me muestren claramente mi deber. Debo irme... lejos, muy lejos, lo más lejos posible. ¡Sufriré mucho... mas no debo volverla a ver, no debo volver a verla!

Juan se dejó caer en un sillón junto a la chimenea, y permaneció allí abrumado. El anciano sacerdote lo miraba.

—¡Verte tan desgraciado, pobre hijo mío! Que un dolor semejante caiga sobre ti... Es demasiado cruel, demasiado injusto...

En este momento llamaron suavemente a la puerta.

—¡Ah! no tengas cuidado, Juan... no dejaré entrar.

El abate se dirigió hacia la puerta, la abrió y retrocedió como ante una aparición inesperada.

Era Bettina, que en el acto vio a Juan y se dirigió derecho a él.

—¿Sois vos?... ¡Oh, cuánto me alegro!

El se había levantado, y ella le tomó las dos manos, y dirigiéndose al cura, agregó:

—Dispensad, señor cura, si lo he saludado a él primero... A vos os he visto ayer... y a él no le veo desde hace veinte largos días, desde cierta noche que salió de casa triste y enfermo.