Ella conservaba entre las suyas las manos de Juan, y él no se sentía con fuerzas para hacer el menor movimiento ni pronunciar una sola palabra.
—¿Ahora estáis mejor?—continuó Bettina.—No, aun no... lo veo... triste aún... ¡Oh, qué bien he hecho en venir! He tenido una inspiración... Sin embargo, siento algo, siento mucho encontraros aquí. Y comprenderéis por qué, cuando sepáis lo que vengo a pedir a vuestro padrino.
Bettina soltó las manos de Juan, y se volvió hacia el abate.
—Vengo, señor cura, a rogaros queráis escuchar mi confesión. Sí, mi confesión... Pero no penséis en iros, señor Juan. Haré mi confesión públicamente, con mucho gusto hablaré delante de vos... y hasta pienso que será mejor así. Sentémonos, ¿queréis?
Bettina sentíase llena de confianza y osadía. Tenía fiebre, pero esa fiebre que en el campo de batalla da al soldado el ardor, el heroísmo y el desprecio del peligro. La emoción que aceleraba los latidos de su corazón era una emoción elevada y generosa. Ella se decía:
«¡Quiero ser amada! ¡Quiero amar! ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero que él sea feliz! Y puesto que él no tiene valor, yo lo tendré por los dos, y marcharé sola, con la cabeza erguida y el corazón tranquilo, a conquistar nuestro amor, a conquistar nuestra dicha.»
Desde el primer momento, Bettina sintió su completa superioridad sobre el abate y Juan. Ellos la dejaban hablar, la dejaban obrar, sintiendo que la hora era suprema. Comprendían que iba a pasar algo decisivo, irrevocable, pero que ni uno ni otro estaban en estado de prever. Habíanse sentado dócil casi automáticamente. Entre aquellos dos hombres aturdidos, sólo Bettina conservaba su sangre fría, y con voz clara y precisa comenzó de esta manera:
—Para tranquilidad de vuestra conciencia, os diré primero, señor cura, que estoy aquí con el consentimiento de mi hermana y mi cuñado, que saben por qué he venido y lo que pienso hacer: no sólo lo saben, sino que lo aprueban también. Me habéis comprendido, ¿verdad? Bueno. Lo que me trae aquí es vuestra carta, señor Juan; la carta en que decís a mi hermana que no podéis ir a comer con nosotros esta tarde, pues os veis obligado a partir. Esa carta desbarató todos mis proyectos. Yo pensaba, siempre con el permiso de mi hermana y mi cuñado, llevaros esta tarde, después de comer, al parque, señor Juan, y sentarme con vos en un banco. Tuve hasta la niñería de elegir el paraje de antemano, y allí os habría recitado un pequeño discurso, muy preparado, muy estudiado, casi aprendido de memoria, pues desde vuestra partida no pienso más que en este discurso, y me lo recito a mí misma desde la mañana hasta la noche. Esto era lo que me proponía hacer, y comprendéis que vuestra carta... desconcertó mi plan. Reflexioné un tanto, y pensé que si yo dirigiera mi discurso a vuestro padrino, sería, más o menos, como si os lo dirigiera a vos mismo. He venido, pues, señor cura, a rogaros tengáis la bondad de escucharme. Cuando vine aquí traía una buena dósis de valor; pero ya se me acaba, y quisiera deciros aún ciertas cosas... las más importantes. Juan, escuchadme bien: no quiero que me deis una respuesta arrancada a vuestra emoción. Sé que me amáis... Y si debéis casaros conmigo, no quiero que sea sólo por amor, sino también por razonamiento. Durante los quince días que precedieron vuestra partida, pusisteis tal empeño en huir de mí, en evitar hasta la más simple conversación, que no pude mostrarme a vuestros ojos tal como soy. Y poseo, quizá, algunas cualidades que no conocéis... Sé, Juan, lo que sois vos, y sé los compromisos que contraigo tomándoos por esposo: seré para vos no sólo una mujer cariñosa y buena, sino también valiente y firme. Conozco toda vuestra vida, vuestro padrino me la ha referido; sé por qué sois soldado, y cuántos deberes y sacrificios podéis entrever en el porvenir... No lo dudéis, Juan, jamás os desviaré de ninguno de estos deberes, de ninguno de estos sacrificios. Si pudiera resentirme con vos por algo, lo haría por ese pensamiento, ¡oh, sí, lo habéis tenido! el pensamiento de que yo os querría todo para mí, que os pediría abandonarais vuestra carrera. ¡No, nunca, jamás! oíd bien, jamás os pediré una cosa semejante... Una joven amiga mía hizo eso al casarse; pero hizo mal... os amo tal como sois, y porque vivís de otra manera y mejor que todos los que me deseaban por esposa, yo os deseo por marido. Os amaría menos, nada quizá, aunque esto sería muy difícil, si llevarais la vida que llevan todos aquellos a quienes he desechado... Cuando pueda seguiros os seguiré, y donde quiera que estéis, allí estará mi deber; donde quiera que vayáis, irá mi felicidad, y si llegara día en que no pudierais llevarme, día en que debierais partir solo, pues bien, Juan, ese día os prometo que tendré valor suficiente para no quitaros el vuestro... Y ahora, señor cura, no es a él, sino a vos a quien me dirijo... quiero que respondáis vos, y no él. Decid... ¿si él me ama y me considera digna de él, será justo que me haga expiar tan duramente mi fortuna?... Decid... ¿no debe aceptar ser mi marido?
—Juan—dijo gravemente el anciano sacerdote,—¡sé su esposo... es tu deber... y será tu felicidad!
Juan se acercó a Bettina, la tomó en sus brazos y posó en su frente un primer beso.