Bettina se separó suavemente, y dirigiéndose al abate:
—Ahora, señor cura, tengo aún algo que pediros... quisiera... quisiera...
—¿Quisierais?...
—Que me besarais, señor cura.
El anciano sacerdote la besó paternalmente en las dos mejillas.
—Muchas veces me habéis dicho, señor cura, que Juan era como vuestro hijo. Yo también, no es verdad, seré un poco vuestra hija, y así tendréis dos hijos.
Un mes después, el 12 de septiembre, a mediodía, Bettina con el más sencillo traje de novia, atravesaba la iglesia de Longueval, mientras que colocada detrás del altar la banda del 9.º de artillería tocaba alegremente bajo las bóvedas de la vieja iglesia.
Nancy Turner solicitó el honor de tocar el órgano en tan solemne circunstancia, pues el pequeño armonium había desaparecido. Un órgano de resplandecientes tubos se elevaba en el coro de la iglesia: era el regalo de bodas de miss Percival al abate Constantín.
El anciano cura dijo la misa. Juan y Bettina se arrodillaron ante él, que pronunció la fórmula de la bendición permaneciendo en seguida, durante algunos instantes, en oración, con los brazos extendidos, pidiendo con toda su alma cayesen las gracias del Cielo sobre la cabeza de sus dos hijos.
El órgano dejó oír entonces la misma rêverie de Chopín que tocara Bettina la vez primera que entró en la pequeña iglesia de aldea, donde debía consagrarse la felicidad de su vida.