No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer; balbuceaba:

—Os doy muchísimas gracias, señora; sois demasiado buena, señorita.

En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir.

—Mi padrino, estas señoras acaban de daros dos mil francos.

Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó:

—¡Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!

Paulina hizo bruscamente una nueva aparición.

—¡Dos mil francos, dos mil francos!

—Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y tened mucho cuidado con él...

Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera, boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos dolores disminuidos.