—No es eso todo, señor cura—dijo madama Scott,—os daré quinientos francos todos los meses.

—Y yo haré como mi hermana.

—¡Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca.

—Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella es más rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho... ¡mientras que yo! ¡ah, yo! ¡todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo! Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo, decid, señor cura, ¿para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener la mano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vos también vais a darme algo.

Y dirigiéndose a Paulina agregó:

—¿Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, señorita? No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.

—Y yo—dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vaso de agua,—yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Señor cura, voy a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y... ¿No podríais invitarnos a comer?

—¡Bettina!—dijo madama Scott.

—Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ¿No es verdad que queréis, señor cura?

Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo que le pasaba. ¡Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ¡Le traían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y querían comer con él; ¡ah! ¡esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar que tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a esas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosas extraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba: