—¡A comer... a comer! ¿queríais quedaros a comer aquí?
Juan intervino una vez más.
—Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros; pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; no esperéis, pues, un festín, señoras. En fin, seréis indulgentes.
—Sí, sí—respondió Bettina,—muy indulgentes.
Luego, dirigiéndose a su hermana:
—Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco... sabéis que acostumbro a ser un poco... Quedémonos, ¿queréis? Descansaremos pasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible, en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ¡y con un calor! ¡Nos sirvieron un almuerzo tan espantoso esta mañana en el hotel! y debíamos volver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar en seguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya no decís que no. ¡Ah! ¡cuán buena sois, mi Zuzie!
Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo:
—Si supierais, señor cura, cuán buena es.
—¡Bettina, Bettina!
—Vamos, Paulina—dijo Juan,—pronto, dos asientos más; yo te ayudaré.