—Ni lo soñábamos, Zuzie... Sabéis, señor cura, que ayer fue el cumpleaños de mi hermana... Pero primero, perdonad, señor... señor Juan, ¿no es así?
—Sí, señorita, así es.
—¡Pues bien, señor Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa, os lo ruego!
El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero, sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamente con sus deberes de dueño de casa; por eso Juan tomaba la dirección de la modesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de la preciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dos grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento.
Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacía tres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y el joven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dos se sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas.
—Os decía, señor cura—continuó Bettina,—que ayer fue el santo de mi hermana, su cumpleaños. Mi cuñado partió forzosamente para América hará unos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: «No estaré aquí para vuestro día, mas recibiréis noticias mías.»
Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi cuñado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a caballo por el bosque... y a propósito de caballo...
Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas de Juan, cubiertas de polvo.
—Pero, señor, ¿usáis espuelas?
—Sí, señorita.