—¿Estáis en la caballería?

—Estoy en la artillería, señorita, y la artillería es la caballería.

—¿Y vuestro regimiento está de guarnición?...

—Muy cerca de aquí.

—¿Entonces saldréis a caballo con nosotras?

—Convenido. ¿Veamos ahora en qué estaba?

—No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos señores cosas que no pueden interesarles.

—¡Oh! dispensad, señora—dijo el cura.—En toda la comarca no se trata por el momento más que de la venta de este castillo, y la narración de la señorita nos interesa mucho.

—Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al señor cura. Continúo, pues. Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento que nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, dos líneas solamente: «He hecho comprar para vos, hoy el castillo de Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea del Norte.» Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...

—No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos. Primero sentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero. Nos gusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente, sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y desde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sin decírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día de mi santo. Era una delicada atención de su parte.