—Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo uno grande de alegría.
—Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramos dueñas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un castillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto había costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...
—En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nos arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos descubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía de ferrocarriles, y esta mañana, por el tren de las diez, desembarcamos en Souvigny.
—Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas de lo que hemos visto. No obstante, señor cura, hay algo que me intriga. Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo el camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las personas que me han acompañado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia habría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi marido se olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la adquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no me disgustaría saber... Decid, señor cura, si lo sabéis, decidme el precio.
—Un precio enorme—respondió el cura,—pues se agitaban muchas esperanzas y ambiciones en torno de Longueval.
—¡Un precio enorme! me asustáis... ¿Cuánto, exactamente?
—¡Tres millones!
—¡Nada más!—exclamó madama Scott;—¿el castillo, las granjas, el bosque, todo por tres millones?
—Pero es tirado—dijo Bettina.—Sólo el precioso río que pasea por el parque, vale los tres millones.
—¿Y decíais, señor cura, que muchas personas nos disputaban las tierras y el castillo?