Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura señas desesperadas; que éste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo todo su valor, dijo al fin:

—Señor cura, son las siete y cuarto.

—¡Las siete y cuarto! ¡Oh! señoras, dispensadme, pero esta tarde tengo que rezar el oficio del mes de María.

—¿El mes de María va a principiar en seguida?

—Sí, en seguida.

—¿Y a qué hora exacta parte el tren de París?

—A las nueve y media—respondió Juan,—y emplearéis quince a veinte minutos, para llegar a la estación, en carruaje.

—Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.

—Vamos—respondió madama Scott,—pero antes de separarnos, señor cura, tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras, la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, señor... los cuatro solos, como hoy. ¡Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto en invitaros.

—Y nosotros más en aceptar, señora—respondió Juan.