Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a través de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba, andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos habituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras, verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta a aquellos que no pedían nada.

Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa, y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:

—Tomad, ahí tenéis veinte francos.

—¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi pensión.

¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año!

—Pues bien—respondió el cura,—será para cigarros, pero escuchad bien: esto viene de América...

Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval.

Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes anterior para Túnez.

—Y bien, ¿cómo está vuestro hijo?

—Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo he hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.