—Le enviaréis treinta... Tomad...

—¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos!

—Sí, os los doy...

—¿Para mi hijo?

—Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.

El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con la alegría en el corazón.

—¡Lo he dado todo!—exclamó, apenas divisó a Paulina,—¡todo, todo!

Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar, el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.

La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja. Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno. Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.

A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el segundo cuadro del segundo acto de Aida, el acto del baile y de la marcha.