Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban sentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo de baile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados se entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los dos una impresión muy viva.
—¡Ah, ah!—dijo Puymartin,—ahí está el pequeño lingote de oro.
Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.
—Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro—continuó Martillet.—Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven y ya tan mujer.
—Sí, está preciosa, y alegre también, mira...
—¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la mina de plata que continúan explotando!
—Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al corriente de las cosas de América.
—¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli!
—¡Cómo! ¿Romanelli?
—Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.