Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque que conducía al castillo:
—Mira, Juan—dijo el cura,—¡qué cambio! Toda esta parte del parque estaba abandonada, y hoy todo está enarenado, rastrillado. Ya no me sentiré aquí en mis dominios como antes. ¡Va a ser demasiado lindo! No encontraré mi viejo sillón de terciopelo marrón, donde tantas veces me dormía después de comer. Y si me duermo esta noche, ¿qué será de mí? Fíjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercarás a tocarme en el hombre por detrás. ¿Me lo prometes?
—Sí, padrino, os lo prometo.
Juan sólo prestaba mediana atención al discurso del cura. Sentía una impaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival; pero esta impaciencia iba acompañada de viva inquietud. ¿Las encontraría en el gran salón de Longueval, como las vio en el pequeño comedor del presbiterio? Quizá, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas y familiares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y que desde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quizá encontraría dos lindas muñecas de salón, elegantes, frías y correctas en sus maneras. ¿Se borraría su primera impresión, desaparecería? O por el contrario ¿se haría más suave y más profunda en su corazón?
Subieron las seis gradas del pórtico y fueron recibidos en el vestíbulo por dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestíbulo que antes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes de piedra, hallábase ahora cubierto de admirables tapices que representaban escenas mitológicas. El cura miró apenas estos tapices; pero lo bastante para notar que las diosas que se paseaban a través del boscaje llevaban trajes de una simplicidad demasiado antigua.
Uno de los criados abrió de par en par la puerta del gran salón.
Allí era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a la derecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el sillón marrón. ¡Ya no había sillón marrón! Los viejos muebles del imperio, que constituían el fondo del arreglo del salón, habían sido reemplazados por unos maravillosos muebles de tapicería de fines del siglo pasado, y una multitud de pequeños sillones y banquillos de todas formas y colores, se hallaban esparcidos aquí y allá con una apariencia de desorden que era el colmo del arte.
Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levantó a recibirlos:
—Cuán amables sois—dijo,—señor cura, en haber venido, y vos también, señor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, mis únicos amigos en este país.
Juan respiró. Era la misma mujer.