—¿Los artilleros, son los que manejan el cañón? ¡Oh, cómo me gustaría oír tirar un cañonazo y estar muy cerca de allí!
¿Nos llevaréis un día cuando tiren cañonazos, no es verdad?
Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan, mientras respondía a las preguntas de los niños, no dejaba de mirarla. Llevaba un traje de muselina blanca, pero ésta desaparecía bajo una verdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abierta en cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramo de rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en los cabellos con un alfiler de brillantes y nada más.
Madama Scott notó, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado por sus dos hijos.
—¡Oh, señor, os pido mil perdones! Harry, Bella...
—Dejadlos, señora, os lo ruego.
—¡Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermana no ha bajado aún. ¡Ah! ya viene.
Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y el mismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable, risueña, franca.
—Servidora de usted, señor cura. ¿Me habéis perdonado mi horrible indiscreción del otro día?
Luego, volviéndose hacia Juan y tendiéndole la mano: