Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos.

Bettina permaneció largo tiempo de codos en el balcón.

—Me parece—se decía,—que voy a tomar cariño a esta aldea.

VI

Al día siguiente, por la mañana, a la vuelta del ejercicio, Pablo de Lavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempo para bajar del caballo, y cuando estuvieron solos:

—Cuenta—le dijo,—pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por la mañana. La menor manejaba cuatro poneys negros, ¡con un desenfado! Las saludé... ¿Has hablado de mí? ¿Me conocieron? ¿Cuándo me llevas a Longueval? ¡Pero responde, pues, respóndeme!

—¡Responder, responder! ¿A qué pregunta, primero?

—A la última.

—¿Cuándo te llevo a Longueval?

—Sí.