—Y lo sois, señorita.
—Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien. Hasta la vista, señor Juan, hasta mañana.
Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino del castillo.
—Y ahora, Zuzie, reñidme bien fuerte... Lo espero... Y lo he merecido...
—Reñiros, ¿por qué?
—Diréis, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad a ese joven.
—No, no os diré eso... Ese joven, desde el primer día, me hizo la mejor impresión, y me inspira una confianza absoluta.
—Y a mí también.
—Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos a conquistar su amistad.
—De todo corazón, por mi parte, tanto más, Zuzie, cuanto que he visto ya muchos jóvenes desde que vivimos en Francia... ¡oh, sí, muchísimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero, en cuyos ojos no he leído con claridad esta frase: «¡Señor, Dios, cuán contento estaría yo si pudiera casarme con los millones de esta personita!» Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos los demás, y no en los de él. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches, Zuzie, hasta mañana.