—¡Cómo duerme!... es un crimen despertarlo.

—¡Es preciso!... ¡Más alto, Zuzie, más alto!

Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces:

Sleep stays not, though a monarch bids;
So I love to wake ere break of day; etc.

El cura despertó sobresaltado. Después de un corto momento de inquietud, respiró... nadie, evidentemente nadie, había notado que él dormía. Enderezose, estirose prudente y lentamente... ¡Se había salvado!...

Un cuarto de hora más tarde, las dos hermanas acompañaban al cura y a Juan hasta la pequeña puerta del parque, que daba a la aldea, a un centenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuando Bettina dijo a Juan, de repente:

—¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta mañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado, de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar.

—Es Pablo de Lavardens, un amigo mío. Ya ha tenido el honor de seros presentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambición es que os lo vuelvan a presentar.

—¡Pues bien! traedlo uno de estos días—dijo madama Scott.

—Después del 15—exclamó Bettina.—¡Antes no, antes no! Nadie hasta entonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, señor Juan... pero vos, es extraordinario, no sé cómo sucede esto; pero vos no sois nadie para nosotras... El cumplimiento no está muy bien hecho; mas fijaos bien y veréis que es un cumplimiento; tengo la intención de ser excesivamente amable con vos al hablar así.