—Agregad a esto vuestra casa, que valdrá unos treinta mil francos. En fin, tenéis una excelente posición, y ya han pedido vuestra mano.
—¿Pedido mi mano?... ¡No, no!
—¡Sí, sí, dos veces! y vos habéis rehusado dos buenos casamientos, o dos lindas dotes, si lo preferís. ¡Para tanta gente es la misma cosa! Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. ¡Según parece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme ¿por qué? ¡Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo!
—Se trataba de dos preciosas jóvenes...
—Convenido, eso se dice siempre.
—Pero a las que apenas conocía. Me obligaron, pues yo me resistía, me obligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado.
—¿Y entonces?
—Entonces... no sé cómo explicároslo, no experimenté ningún sentimiento de emoción, inquietud, turbación.
—En fin—dijo resueltamente Bettina,—ni la menor sombra de amor...
—No, ni la más mínima. Y volví con toda calma a mi cuartujo de soltero; pues pienso que vale más no casarse, que casarse sin amar. Esa es mi opinión.