—Sin embargo, hay gente que busca... sí, os lo aseguro; sin ir más lejos, a vos os han buscado para casaros.

—¿Cómo sabéis?

—¡Ah! ¡Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama un buen partido, y lo repito han querido casaros.

—¿Quién os lo ha dicho?

—El señor cura.

—Mi padrino ha hecho mal—dijo Juan, con cierta vivacidad.

—No, no; no ha hecho mal. Si hay algún culpable soy yo, y culpable por caridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubrí que vuestro padrino nunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por la mañana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con él, para darle gusto, le hablo de vos, y él me cuenta vuestra historia. Estáis bien de fortuna, estáis muy bien. Recibís del Gobierno doscientos trece francos y algunos céntimos al mes. ¿No es así?

—Sí—dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura.

—Tenéis ocho mil francos de renta.

—Más o menos, no completos.