Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficio de su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante más de un cuarto de hora con Bettina. Terminada la conversación fuese a buscar a Juan al otro extremo del salón, diciéndole:
—Me dejaste el campo libre... y me lancé intrépidamente sobre miss Percival.
—¡Y bien! no creo que estés descontento del resultado de la empresa; sois los mejores amigos del mundo.
—Sí, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otra persona más amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mérito de reconocerlo; acá, para entre nosotros, te diré que me hace representar un papel ingrato y ridículo, un papel que no es para mi edad. Cuento la edad de los enamorados, mas no la de los confidentes.
—¿De los confidentes?
—Sí, querido mío, de los confidentes; ¡tal es mi empleo en esta casa! Tú nos mirabas hace un momento... ¡Oh! tengo buena vista... Tú nos mirabas. Pues bien ¿sabes de qué hablábamos? ¡De ti, querido, de ti, y nada más que de ti! Y todas las noches es la misma cosa. Preguntas que no tienen fin. «¿Os habéis educado juntos? ¿Tomásteis lecciones los dos con el abate Constantín? ¿Dentro de poco será capitán? ¿Y después? comandante. ¿Y después? coronel et cætera... et cætera...» ¡Ah, Juan, amigo mío, Juan, si tú quisieras realizar un lindo sueño!...
Juan se fastidió, casi se enojó. Pablo quedó asombrado ante este acceso de brusca irritación.
—¿Qué tienes? Me parece que no he dicho nada...
—Dispensa. He hecho mal; pero también ¿por qué se te ocurre una idea tan absurda?
—¡Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propia cuenta, esta idea absurda.