—¡Ah! tú...

—¡Cómo, ah! ¿yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener tú... Tú vales más que yo...

—¡Pablo, por favor!...

El disgusto de Juan era evidente.

—No hablemos más de esto... no hablemos más... En suma, lo que yo quería decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muy gracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jamás me tomará a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott, pero sin gran confianza... Mira, Juan, yo me divertiré mucho en esta casa; pero no sacaré ningún provecho de aquí.

Pablo se dirigió hacia madama Scott: mas desde el día siguiente tuvo la sorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con toda regularidad en el círculo particular de madama Scott, que, como Bettina, tenía su pequeña corte. Lo que Juan buscaba allí era una protección, un abrigo, un asilo.

El día de aquella tremenda conversación sobre los matrimonios sin amor, Bettina también sintió por la primera vez despertarse de pronto en ella esa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en el corazón de todas las jóvenes. La sensación fue la misma, en el mismo momento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, se echó bruscamente atrás. Ella, por el contrario, se dejó arrastrar, en todo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emoción y enternecimiento.

Ella esperaba el amor... ¡si fuera el amor! El hombre que debía ser su pensamiento, su vida, su alma... si fuera él, este Juan. ¿Por qué no? Lo conocía más que a todos aquellos que desde hacía un año giraban en torno de su fortuna, y de todo lo que de él sabía, nada era como para desalentar la confianza y el amor de una joven. ¡Lejos de eso!

En fin, los dos hacían bien, los dos estaban en el deber y la verdad: ella dejándose arrastrar; él, resistiendo; ella, sin pensar en un momento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; él, retrocediendo ante aquella montaña de millones como lo habría hecho ante un crimen; ella, pensando que no tenía derecho para discutir con el amor; él pensando que no tenía derecho para discutir con el honor.

Por esto, a medida que Bettina se hacía más cariñosa, y se abandonaba con más franqueza al primer llamado del amor, Juan, de día en día, estaba más taciturno y agitado. No sólo tenía miedo de amar él, sino también de ser amado.