—He estado muy ocupado.

—¿Y partís mañana?

—Sí, mañana.

—¿Temprano?

—A las cinco de la mañana.

—¿Saldréis por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea?

—Sí, por ese camino pasaremos.

—¿Por qué tan temprano? Yo habría ido a veros pasar y deciros adiós desde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, que estaba ardiente, hasta que éste se desprendió dolorosamente, haciendo un esfuerzo, y dijo:

—Tengo que ir a saludar a vuestra hermana.

—¡Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid a sentaros un momento aquí conmigo.