El se vio obligado a sentarse a su lado.
—Nosotras también partiremos.
—¿Vosotras?
—Sí, hoy recibimos un telegrama de mi cuñado que nos causó mucha alegría. No lo esperábamos hasta dentro de un mes, y estará aquí dentro de doce días; se embarca pasado mañana en New-York en el Labrador... Y nosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aquí pasado mañana, llevando a los niños, a quienes sentará muy bien pasar unos diez días a orillas del mar... ¡Cuánto se alegrará mi cuñado al conoceros!... Al conoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todas las cartas. Segura estoy de que simpatizaréis mutuamente. El es excelente... ¿Cuánto tiempo tardaréis en volver?
—Veinte días.
—¿Veinte días... en un campamento?
—Sí, señorita, en el campamento Cercottes.
—En medio de los bosques de Orleans. Esta mañana me hice explicar todo esto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a mi cuñado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, iría todas las mañanas a hacer una visita a vuestro padrino... y él me daría noticias vuestras. ¿Queréis escribir a mi hermana, dentro de diez días, una cartita de cuatro líneas, que no os quitará mucho tiempo, diciéndole cómo estáis y que no nos olvidáis?
—¡Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, de vuestra bondad... ¡nunca, señorita, jamás!
Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emoción, y se levantó.