Y se recostó como un niño en los brazos de su hermana, acariciando con su cabeza ardiente los frescos hombros de Zuzie; después, de repente, se echó a llorar, con grandes sollozos que la sofocaban.

—Bettina, mi querida Bettina, ¿qué tenéis?

—Nada, nada... son los nervios... es la alegría.

—¿La alegría?

—Sí, sí... esperad, pero dejadme llorar un poco... ¡Me hace tanto bien!... no tengáis cuidado... no es nada.

Bajo los besos de su hermana, Bettina se calma, se tranquiliza.

—Ya se acabó, se acabó, y voy a deciros... tengo que hablaros de Juan.

—¡Juan! ¿lo llamáis Juan?

—Sí, lo llamo Juan... ¿No habéis notado, de algún tiempo a esta parte, que estaba triste y parecía ser muy desgraciado?

—Sí, en efecto.