Cuando llegó a la puerta, tuvo un breve momento de hesitación. Tenía esta frase en los labios:
«¡Os amo! ¡os adoro! ¡Y por eso no quiero volver a veros!»
Mas no la pronunció, alejose, perdiéndose pronto en la obscuridad... Bettina permaneció en el pórtico, en el cuadro luminoso de la puerta. Gruesas gotas de lluvia impelidas por el viento azotaban sus espaldas desnudas y la hacían temblar; ella no lo notaba; sentía claramente latir su corazón.
—Bien sabía que él me amaba—se dijo;—pero ahora estoy segura de que yo también lo amo... ¡oh! sí... yo también...
De pronto, en uno de los grandes espejos de la puerta, vio reflejarse a los dos criados que estaban de pie inmóviles, junto a la mesa de encina del vestíbulo. Bettina dio algunos pasos en dirección al salón... Oyó alegres risas, y el vals que continuaba. Detiénese. Quiere estar sola, completamente sola, y dirigiéndose a uno de los criados:
—Id a decir a la señora que yo estaba fatigada, y he subido a mi cuarto.
Annie, su camarera, dormitaba en un sillón. Despidiola, pues ella misma quería desvestirse. Dejose caer en un diván experimentando un delicioso cansancio.
La puerta del cuarto se abre; es madama Scott.
—¿Estáis enferma, Bettina?
—¡Ah! Zuzie, ¡sois vos, mi Zuzie! ¡Qué bien habéis hecho en venir! Sentaos aquí, junto a mí, muy cerca de mí.