—¡Oh! apenas.
—Venid a tomar una taza de té conmigo sola en el saloncito, y os haré llevar en carruaje.
Y volviéndose a uno de los criados:
—Decid que pongan el cupé, en seguida.
—No, señorita, no, os ruego. El aire libre me calmará... tengo necesidad de caminar... dejadme partir.
—¡Partid, pues!... Pero no tenéis abrigo... Tomad este chal para cubrios.
—No tengo frío... mientras que vos... con ese traje... parto para obligaros a entrar.
Sin tenderle siquiera la mano, se escapó, bajando rápidamente las gradas del pórtico.
«Si toco su mano, pensaba, estoy perdido, descubro mi secreto.»
¡Su secreto! El no sabía que Bettina leía en su corazón como en un libro abierto.