—No, gracias—dijo ella.
La puerta acababa de cerrarse. Juan no estaba ya allí. Bettina atravesó el salón corriendo, y Pablo se quedó solo, sin comprender lo que le pasaba.
Juan llegaba al pórtico, cuando oyó que lo llamaban.
—¡Señor Juan! ¡señor Juan!
Detúvose y se volvió; ella estaba a su lado.
—¿Os vais... sin decirme adiós?
—Dispensad, señorita, estoy muy fatigado.
—Entonces, no os vayáis así, a pie. Va a llover.
Y extendió la mano hacia fuera.
—¡Mirad! ya llueve.