—¡Oh! más que eso, mucho más.
—Mucho amor, si queréis. Sí, tenéis razón, habéis visto bien... El os ama... y sois digna de todo el amor que sientan por vos, mi querida. En cuanto a Juan, decididamente esto es contagioso, yo también le llamo Juan, bueno, sabéis la opinión que de él tengo formada; desde un mes a esta parte hemos tenido muchas veces ocasión de decírnosla... Pienso muy bien de él, muy bien... Pero, en fin, a pesar de todo, ¿será éste el marido que os conviene?
—Sí, si lo amo.
—Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestáis siempre... Bettina, tengo mucha más experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde que llegamos a París nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado, muy brillante, aristocrático... Podríais ser ya, si hubierais querido, Marquesa o Princesa...
—Sí, pero no he querido.
—¿Os sería completamente indiferente llamaros madama Reynaud?
—Absolutamente, si lo amo...
—¡Ah! insistís...
—Porque es la verdadera cuestión. No hay otra... y a mi vez quiero ser razonable. Os concedo que esta cuestión no esté completamente resuelta, y que quizá he procedido con demasiada ligereza. Ya veis cómo soy razonable. Juan parte mañana, y no volveré a verlo hasta dentro de veinte días, durante los cuales tendré tiempo de interrogarme, consultarme, y saber lo que pasa en mí. Bajo mi aire ligero, soy seria y reflexiva... ¿No es así?
—Sí, lo reconozco.