—Pues bien, voy a dirigiros una súplica, como lo haría con nuestra madre si estuviera aquí presente. Si dentro de veinte días os digo: «¡Zuzie, estoy segura de amarlo!» me permitiréis que vaya hacia él, yo misma, yo sola, a preguntarle si me quiere por esposa. Es lo que hicisteis vos con Richard... Decid, Zuzie, ¿me lo permitiréis?
—Sí, os lo permitiré.
Bettina besó a su hermana, murmurándole al oído:
—¡Gracias, mamá!
—¡Mamá, mamá! Así me llamabais cuando erais muy niña, cuando estábamos solas en el mundo las dos, cuando os desnudaba de noche en New-York en nuestro pobre cuartito, y os tenía en mis brazos antes de poneros en la cuna, cantando para haceros dormir. Y desde entonces, Bettina, no he deseado más que una sola cosa en el mundo: vuestra felicidad. Por eso os pido que reflexionéis bien. No me respondáis; no hablemos más de eso. Quiero dejaros muy tranquila, bien calmada. ¿Despachasteis a Annie?... ¿Queréis que esta noche también os desnude y os acueste vuestra mamá, como antes?
—Sí, quiero.
—¿Y cuando estéis acostada, me prometeréis ser buena?
—Buena, como una santa.
—¿Y haréis todo lo posible por dormiros?
—Todo lo que pueda...