Los papeles estaban a buen recaudo, encerrados bajo llave en la cómoda del fondo.
—¡Qué alboroto más necio!—exclamó el tío Frasquito al verle.
Y queriendo atenuar lo ridículo de la escena, no dándole importancia alguna, añadió en seguida:
—¿Qué sellos son estos?... No los conozco...
El tío Frasquito coleccionaba sellos diplomáticos, según ya dijimos, y tenía un álbum de curiosos ejemplares que compraba a precios muy subidos. Días antes había pagado doscientos francos por un sello antiguo de cera de Yacoub Almanzor, que ostentaba en letras árabes esta hermosa leyenda: «Que Dios juzgue a Yacoub, como Yacoub haya juzgado».
—La corrrona esta es de Italia: corrrona rreal sobre la cruz de Saboya—prosiguió el tío Frasquito—. Uno idéntico tengo de Víctor Manuel, perrro estos otros no los conozco...
Embarazado Jacobo al ver en manos del tío Frasquito aquella prueba flagrante de su atentado, no contestaba, y el viejo, volviendo y revolviendo en todas direcciones los dos sellos verdes, preguntaba sin cesar:
—¿De quién son?... ¿Te sirven?
Jacobo, más y más embarazado, contestó por decir algo:
—¿A que no lo aciertas?...