—¡Toma!—exclamó de repente el tío Frasquito—. ¡Ya lo creo! El compás y la escuadra y la rramita de acacia en medio... ¡Torrrpe de mí! ¡Si esto huele a logia que trasciende!...
Jacobo se echó a reír forzadamente, y el tío Frasquito, con el ardor de un amateur que tropieza con una ganga, añadió entusiasmado:
—Pues me los vas a darr, Jacobito... De estos no tengo ninguno, y son curriosísimos... Supongo que no te servirán; a lo menos, uno me llevo...
¡Cosa extraña y, sin embargo, harto común en caracteres como el de Jacobo! Cuatro horas llevaba este batallando consigo mismo sin osar decidirse, y de repente, en un momento, con cuatro palabras tan sólo, quemó sus naves y decidió su suerte.
—Llévate los tres, si quieres—dijo encogiéndose de hombros.
Alea jacta est!... Una vez entregados los sellos, imposible era colocarlos en su lugar y devolver los papeles, conservando copia de ellos, como había sido su primera idea, y hacíase preciso correr los riesgos de aquel audaz atentado, sin que hubiese ya lugar al arrepentimiento. Aquel punto luminoso le deslumbraba sin duda, o el capullo de su idea iba poco a poco aclarando la borra nebulosa en que antes aparecía envuelto.
El tío Frasquito no se hizo repetir la invitación: envolvió los sellos con gran cuidado en el papel en que se hallaban puestos y guardóselos prontamente en el bolsillo, como si temiese que Jacobo revocase la dádiva. Este le miraba hacer con una extraña sonrisa, y cuando el terrible papelito desapareció en el bolsillo del viejo, murmuró en lengua turca:
—¡Olsum![11]...
Y levantándose de pronto, propuso al tío Frasquito pedir un bowl de punch bien caliente. Excusóse este, dando por pretexto lo avanzado de la hora; mas Jacobo, con frases cariñosas y expresivas y cierto aire melancólico que sentaba muy bien a su varonil hermosura, le instó a que se quedase. ¿Iba a negarle aquel rato de expansión?... ¡Estaba tan triste, tan abatido, tan solo en el mundo!
Miróle el tío Frasquito extrañado, y la curiosidad, que es la fuerza de resistencia más sufrida que se conoce, le clavó en el asiento... Quizá iba a despejar la X misteriosa que se debatía aquella misma tarde en la terraza del Grand Hôtel, la incógnita que representaba la presencia intempestiva de Jacobo en París, abandonando su Embajada de Constantinopla. El tío Frasquito recordaba haber aprendido en el Colegio Imperial, allá cincuenta años antes, aquello de Horacio: «Fecundi calices quem non fecere disertum?». Y el ponche fue aceptado con disimulado entusiasmo.