—Sí debes, hombre, sí debes... Ahí llevas la zapatilla de Ceneréntola; el día en que encuentres una mujer que pueda calzársela, ese día me la devuelves.

—Pues entonces es mía parra siemprre—replicó el tío Frasquito encantado—. No creo que fuerrra de Turquía se calcen las mujeres con hojas de lirrrio.

Despidióse al fin el tío Frasquito de Jacobo con las mayores muestras de cariño, y no bien se vio a solas en su cuarto, comenzó a examinar la babucha por todos lados, acabando por meter dentro las narices... Retirólas, sin embargo, al punto, haciendo un gesto de disgusto: no encontraba allí aquel suave perfume de Smirna, mezcla de áloe y de incienso, que se figuraba él había de dejar dondequiera que se posase el pie de una odalisca: lejos de eso, olía mal, muy mal—y el tío Frasquito fruncía la boca y arrugaba las narices—; olía a una cosa rara, así como mezcla de cuero sin adobar y engrudo medio podrido.

Miró entonces a la suela, y estaba esta limpia, flamante, como si jamás se hubiera puesto en contacto con el suelo, ni sufrido la presión de la más ligera golondrina... ¡Hum!... ¿Si resultaría después de todo que el tal Jacobito era un grandísimo embustero, que le había encajado una sarta de mentiras?...

Y pensando en esto, el tío Frasquito quedóse largo rato inmóvil, mirando atentamente la suela del zapato, como si interrogase a la Esfinge... Encogióse al fin de hombros: después de todo, aunque la reliquia resultase apócrifa y tuviera que ver con la cadina lo que sus calzones de él con los del gran Turco, nada se perdía en ello... Se non è vero, è bene trovato. ¡Mayores pamphlets había visto él correr por el mundo!...

De pronto se acordó de una cosa importantísima, y corrió a dar discretos golpecitos en la puerta de Jacobo; este, con su truhanesca sonrisa estereotipada sobre los labios, ocupábase en aquel momento en esconder en el último rincón de la maleta la babucha compañera de la regalada al tío Frasquito. La historia de la cadina era cierta, mas la babucha habíala comprado él en el Gran Bazar, por mero capricho, a uno de esos viejos turcos de rostro impasible, ojos de vidrio, enorme turbante y caftán naranjado, que recuerdan todavía en la Constantinopla moderna los tiempos de Bayaceto y Solimán el magnífico. El tío Frasquito asomó tímidamente la cabeza, diciendo:

—Jacobo, Jacobito..., dispensa... Me parrrece lo mejor que no digas nada de aquello...

—¿Y qué es aquello?

—Pues hombre, aquello... Lo del gorrro, lo del incendio.