—¡Ah, ya!, ni siquiera me acordaba.

—¡Pues clarrro está! Es una tonterrría... Perrro ya tú ves; ¡la gente es tan necia!... Se rríe de todo y lo pone a uno en rridículo...

—Descuida, hombre, descuida... ¿A quién voy yo a contar semejantes sandeces?

—Pues, buenas noches, Jacobito... Dispensa... Si ocurre algo, pega en el tabique... Yo tengo el sueño de un pájarrro; en eso parrrezco un viejo...

El tío Frasquito acostóse al fin muy satisfecho, pensando en mañana, y al apagar la luz, esta vez con grandes precauciones, tuvo un escalofrío de espanto... Parecióle que se arremolinaban las tinieblas en medio del aposento y surgía de ellas mismas el eunuco estrangulado, con el dogal al cuello, los ojos fuera de las órbitas, el paso lento, la mano extendida, fría, yerta, que se alargaba, se alargaba hacia él... y le tiraba de las narices.

El tío Frasquito se tapó la cabeza con la sábana, apretó mucho los ojos y por tres veces se santiguó muy de prisa.


[—V—]

El certamen de belleza femenina, celebrado primero en Spa y luego en Budapest, despertó en la condesa de Albornoz la felicísima idea de hacer circular por toda Europa artística y civilizada la suya propia. Verdaderamente, era para ella una desgracia llamarse Albornoz, porque de ser su nombre menos ilustre, hubiera corrido a la capital del antiguo reino de los Esteban y Vladimiros a disputar el premio de la hermosura a Cornelia Szekely, la húngara laureada.