Y mirándose en el espejo, se arregló con sumo cuidado un rojo ricito que con gran prudencia encubría sobre su frente una manchita de pecas.

La duquesa de Bara, cansada de aguardar, llegó en busca de la perezosa.

—¿Pero, Curra, qué haces?... ¡Mira que la reina estará aguardando!...

—¡Vamos, vamos, Beatriz!... Parece que no conoces a la señora: las doce nos darán sin salir de la cámara.

Y observando que completaba también la toilette de luto de la duquesa una mantilla española, exclamó muy alborozada:

—¡Mujer, hemos tenido la misma idea!... ¡Qué delicia!... Les grands esprits se rencontrent...

—Para representar a España, no se podía ir de otra manera... Lo que siento es no haber pensado en el abanico...

—Pues por lo mismo compré yo ayer uno... Míralo, no es feo... ¿Quieres otro igual? Kate te lo traerá en un momento: lo compré en la Compagnie Lyormaise, ahí, a la vuelta de la esquina.

La duquesa, ante la perspectiva de un abanico gratis, sintió aminorarse su prisa. Era un abanico muy bonito, de nácar quemado, muy oscuro, con país de seda negra. Kate lo pagaría en la tienda, y ella se olvidaría, de seguro, de pagarlo a Kate; porque en estas cosas de pagar era la duquesa mujer muy distraída... Al salir Kate, avisó que el señor marqués había vuelto.

—Dispensa un momento, Beatriz—exclamó vivamente Currita—. Voy a decir adiós a Fernandito.