La duquesa hizo un gesto de complacencia íntima ante la ternura conyugal de su amiga.
—¡Qué par de tórtolos!—dijo—. Te aseguro que me das envidia.
Y Currita, con patética entonación, contestó desde la puerta:
—Verdaderamente que es un don del cielo no haber tenido en catorce años de matrimonio un solo disgusto.
Fernandito acababa de llegar, y a la verdad que no eran sus trazas de haber estado rezando el rosario. Traía en pie el cuello del gabán, ajada la camisa, un apabullo en el sombrero, rojos e hinchados los ojos, y trascendíale el aliento a vino trasnochado. Quedóse muy sorprendido y turbado a la vista de Currita, y con la forzada sonrisa del escolar que encubre una picardihuela con una mentira, le dijo:
—He estado a ver a los antropófagos... En el Jardín de las Plantas.
Ella, con tiernísima solicitud, exclamó muy alarmada:
—¡Jesús, Fernandito, me dan miedo esas cosas!... ¿Están sueltos?... ¿Muerden?...
—¡Ca, no!... Si son unos negros cualquiera... ¡Más feos!...